“Enfrenta eso que tanto te cuesta, en realidad ya hiciste lo más difícil que fue vivir con él”, con ese pensamiento regresé a nadar. A mi lo que más flojera me daba era ponerme el traje de baño, sí, aunque no lo crean. Decidí hacerlo porque después de mi último maratón, mi rodilla derecha estaba más cansada que de costumbre. Una bursitis no me dejaba en paz y pues como ya aprendí a escuchar a mi cuerpo y sobre todo, a mis rodillas que ya las tengo operadas, decidí adelantar mi etapa de cross-training.

Cada diciembre me doy mis vacaciones de correr, es decir, no llevo un plan y entreno los kilómetros que se me antojan los días que quiero, al ritmo que sea y si hay alguna carrera, no me la tomo tan en serio. La razón es muy simple, mis piernas necesitan descanso pero sobre todo, mi mente. Yo ya no puedo darme el lujo de hacer locuras en el running, no me interesa regresar a un quirófano ni pasar meses en rehabilitación, al final, tengo claro que no soy una atleta elite y lo que yo más deseo con el corazón es seguir disfrutando de correr lo más alejada de las lesiones y por mucho más tiempo.

Y así fue que decidí pagar clases de natación. Se los digo sin pena alguna, es que yo ni siquiera era capaz de meter la nariz al agua, odiaba la sensación que producía en mi cara. Con la ayuda de mi psicoterapeuta y con mi maestro de natación, superé esa fobia hasta conseguir desaparecerla. La ventaja es que yo llegué en blanco a nadar, no llevaba vicios. De niña lo intenté pero nunca fue mi deporte favorito. Hoy estoy feliz de haberlo conseguido ¡y a esta edad!, no sé si vaya a hacer un triatlón pero lo que sí me gustaría compartirles son las reglas que adopté en mi vida para superar la fobia al agua.

1. Deja de controlar todo y abre tu mente. Yo quería tener siempre algo de qué agarrarme: una pesa, una tabla, un flotador, una mano…algo que me diera seguridad. Recordé que a este mundo llegué sola y sola me iba a ir, así que tenía que enfrentar mi miedo al agua sola, sin recursos. Si los demás podían, yo también. Si en las demás áreas de mi vida actuaba sola ¿por qué aquí no? Le dejé mi aprendizaje a mi maestro, borré de mi cabeza todos los prejuicios y obedecí las instrucciones al pie de la letra. No quise quedarme en el “hubiera” y decidí ir por el “lo logré”.

2. Confía en ti. Fue la parte que más me costó. No fue fácil borrar más de 30 años de pensamientos negativos y programados. ¿Y si me ahogo? ¿Y si se me mete agua a la nariz? ¿Y si me muero? ¿Y si me da un calambre? ¿Y si vomito? ¡Sáquense de aquí! Yo tengo la capacidad de hacerlo porque puedo, tengo ganas, tengo los recursos y porque tengo salud.

3. Ponte un plazo para tomar decisiones. Pagué 12 clases particulares en las cuales me propuse alcanzar la meta. Yo no quería ni hacer un triatlón ni competir en aguas abiertas, partí de mi realidad y mi objetivo fue nadar sola, con buena técnica y a un buen ritmo, pero sobre todo, disfrutar del agua y olvidar la tensión que me producía. Si no me ponía un plazo, este deseo se iba a retrasar. ¡Además tenía que desquitar lo que pagué!

4. Si necesitas ayuda, pídela. Mi maestro fue clave para conseguirlo, la forma en la que me enseñó nadie más lo había hecho. Siempre me puso entrenamientos que distrajeran mi mente y cuando menos lo esperaba, ya estaba haciendo cosas que antes me causaban fobia. Integró el running al programa porque sabía que eso me gustaba y evitó la concentración directa en un ejercicio. Me sentía como perrito entrenando, me chiflaba y yo tenía que hacer lo que me tocaba. Pero también le pedí a mi psicoterapeuta que me ayudara a encontrar la raíz de mi problema y lo enfrenté y entendí: mi nacimiento fue difícil, estresante y prematuro. Desde ahí venía ese trauma al agua.

5. Olvida el qué dirán. Hace dos años lo intenté pero las miradas de todos me ponían nerviosa y mi ego se sentía lastimado. Ahora que volví con más seguridad a la alberca, me reía de esos pensamientos y entendí que todos, absolutamente todos, pasaron por lo mismo que yo, a la edad que sea. ¡Nadie nació siendo sirenita! Y hoy, ya dejé de preocuparme por trivialidades.

6. Celebra cada logro. Cada que termina una clase, me felicito. No importa si no me sale a la primera lo que me piden, siempre tengo palabras de aliento para mí. Dejé de ser “dura y cruel” conmigo misma, una actitud muy común entre mujeres.

7. Sé constante y ve por objetivos. De 2 a 3 días a la semana y al menos una hora los dedico a la natación y me encanta. Solo así empecé a ver resultados. Ahora quiero mejorar la técnica y mi ritmo, son dos cosas que llevan su esfuerzo y que estoy dispuesta a conseguir.

8. Diviértete más y ríete de ti misma. Eso nunca ha faltado, si no me río de mi y de mis locuras, estaría frita. A la fecha pienso que si me tomara muy en serio eso de ser una “atleta” dentro de mis circunstancias (que no son las de una atleta elite), dejaría de tener curiosidad por lo que me espera y quiero vivir. Ahora me doy el lujo de ser más yo y de seguir disfrutando el deporte como me da la gana y me hace feliz.

Nos seguimos leyendo.

Sonia Chávez

@sonitachavez

Ahora ve:
5 hábitos de una corredora feliz