Les quiero contar mi experiencia en Ultra Trail México 2017. Después de esperar varios meses por ese momento, me encontraba parada en la línea de salida de UTMX 2017, dispuesta a conquistar esos 37k que me estaban esperando en la bella montaña de Huasca de Ocampo, Hidalgo.

Con el número 1618 bien prendido de mi pecho, las manos heladas por el frío de la mañana, y el corazón a tope de emociones encontradas, contaba los minutos faltantes para las 8:00 de la mañana, mientras recordaba el día que con un click, y sin pensarlo lo suficiente, acepté el reto que tenía frente a mi.

Ya no había dudas, decidí estar ahí, y si algo aconsejo a todo aquel que se traza una meta importante es “no llegues a la línea de salida con dudas”, una vez estando ahí, no hay vuelta atrás, debes creer en ti.

Y ahí estaba, creyendo en mi, después de un proceso de “preparación” difícil que no fue el que me hubiera gustado vivir, porque a pesar de que no paré, tampoco había podido hacer lo suficiente. Atravesando por varias dificultades físicas y emocionales, entrenar para Huasca, me fue muy complicado.

A pesar de todo, yo sabía que mi corazón podía, yo creía que mis piernas podían, y mi mente ¿podría? 

Esta prueba me significaba mucho y habría que enfrentarla con honor y entereza. Cruzar la meta, significaría para mí, la clausura de un periodo difícil, lleno de cambios, de cosas buenas sucediendo al mismo tiempo que cosas difíciles, de mucho crecimiento y, al mismo, de una etapa emocional agridulce. Viví de todo estos últimos meses. Por eso, me era tan importante cruzar esa meta y no había viajado 500 kilómetros desde casa, para ir a rendirme sin darlo todo.

Faltaban un par de minutos para salir, no sé si temblaba más de nervios, emoción o de frío; cuando, de repente recibo un texto en mi celular:

“Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mi no apartes, ven conmigo a todas partes y solo nunca me dejes. Ya que me proteges tanto, como verdadera Madre, haz que nos bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amen.” Esto rezo cuando empiezo a desesperarme, a cansarme, etc.

-Papá.

“Gracias por el tip pa”, le respondí. Una lágrima rodó por mi mejilla. Mil emociones me recorrieron la piel en unos pocos segundos. Pensaba mucho en todas las personas que creían en mi y estaba dispuesta a hacerlos sentir orgullosos.

Inicia la cuenta regresiva y me doy cuenta que mi reloj, el cual había comprado hace poco, con todo y sus pretensiosas características de última generación en tecnología, decidió no funcionar.

Sonó el disparo se salida y todos nos echamos a correr. Corrí los primeros metros intentando hacerlo reaccionar, pensé en detenerme a revisar qué sucedía, pero sabiendo que debía aprovechar cada minuto del tiempo para evitar que me agarraran los cortes. Decidí correr así, como antes, cuando no sabía cuánto corría, ni a qué ritmo, ni en que zona de frecuencia; cuando lo único que me importaba era correr feliz. Así pues, llevaba en la muñeca un reloj multideporte que en ese momento solo me servía para ver la hora. Que gran lección de la vida recibí.

Corrí los primeros 10 kilómetros, atravesando y bordeando arroyos, divisando una presa muy hermosa que reflejaba los colores del amanecer, y largos senderos arbolados que acentuaban el frío del bosque.

Llegué al primer abasto cuando mi reloj marcaba más o menos las 9:25 de la mañana. En el abasto se vivía un ambiente padrísimo, era como llegar a una fiesta en la montaña, todos bromeaban y alentaban. Tomé un poco de electrolitos, dulces y un par de galletas con crema de cacahuate, y agarré el camino a la que sería la parte más dura de la carrera. Una subida de 10 kilómetros, en los que se ganaban algunos 1000m de desnivel. “Que mis pasos sean firmes y mi espíritu inquebrantable”, mi mantra personal.

En el camino encendí mis audífonos y la música me distrajo del cansancio que comenzaba a sentir en las piernas. Recordaba la frase del libro Nacidos para correr de Christopher McDougall, “Si no ves la cima, camina”; y apretaba mi marcha para no acabarme las piernas antes de terminar el ascenso. Sabía que llegando al abasto de los 20 kilómetros, el resto era bajada, y eso me daba esperanza. Y ahí iba yo, cante y cante, alentaba a quién podía, y me alentaba a mi misma. Sentí las piernas cansadas en el kilómetro 18, pero no paré.

Llegué al abasto del kilómetro 20 siendo casi las 11:30 de la mañana. Me senté en el suelo a quitarme las piedras de los zapatos, cargué agua en mi mochila, tomé algunas chips que se me antojaron y traté de salir de prisa de ese punto para agarrar mejor tiempo. Hice chequeo de la máquina a mitad de ruta: “¿Corazón? Bien, ¿piernas? Más o menos, ¿espíritu? Inquebrantable”.

Comenzó una parte muy padre del recorrido, un camino ondulante que subía y bajaba dentro del bosque, cómo me hubiera gustado que un fotógrafo fuera corriendo detrás de mi, para captar ese paisaje tan bello que hoy solo cargo en la memoria.

Comenzaba a ver corredores lastimados, tobillos, rodillas, calambres. La mayoría ya siendo atendidos por personal capacitado o por otros corredores. Son gajes del oficio que uno no le desea a nadie, pero que sin embargo suceden todo el tiempo en la montaña. No queda más, que desearles ánimo y pronta recuperación.

Llegué al último abasto siendo casi las 13 horas. “De aquí, ya son 10 kilómetros a la meta”, me dijo un chavo del staff. “¡Ya estuvo!” sonreí y me llené de energía y emoción, 10 kilómetros parecían nada ya. Tomé un poco de refresco que me cayó delicioso, un puño de jitomates para evitar los calambres y me eché a correr. Llevaba 5 horas de recorrido y iba a intentar llegar a la meta en 6. Llevaba una gran sonrisa, pues ya casi podía sentir la emoción de cruzar esa meta.

Faltando ya sólo cuatro kilómetros comencé a sentir el verdadero cansancio. Pero el reto más fuerte se vino entrando a Huasca, cuando cruzando la carretera se observaba una calle larga que subía. Ahí, faltando ya muy poco, sentía que mis piernas no daban más. Agaché la cara y di lo que traía, al terminar la subida levanté la cara y vi el arco de meta a unos 200m. “¡Cierra!” “¡Ya llegaste!” Alentaban en la meta.

Corrí con el alma, con el corazón, y crucé la meta con una sonrisa y los brazos en alto. Lo había hecho, lo había logrado. Recibí abrazos en la meta, por parte del staff, quien recibía a cada corredor con gran entusiasmo; y el abrazo más especial de todos, el de mi compañero de vida y de aventuras, quien ya había terminado sus 50 kilómetros y estaba esperándome en la meta.

6:08:29, fue el tiempo que me llevó terminar la prueba. 6 horas en las que descubrí que la confianza en ti mismo puede llevarte tan lejos como te lo propongas, siempre y cuando trabajes por aquello que anhelas materializar.

Si bien, no pude llevar un entrenamiento específico y constante, siempre estuve en movimiento. Cuando no pude correr caminaba, nadaba o hacía ejercicios de fuerza. Cuando fue necesario parar, paré. Conocí las posibilidades de mi corazón, mediante una prueba de esfuerzo, y por eso sabía que no estaba poniendo en riesgo mi vida.

Jamás recomendaría aventarse a una prueba sin preparación. Ni siquiera a una de poca distancia. Confiar en si mismo no es suficiente, pero si es indispensable. 

Así fue mi vivencia en Ultra Trail México 2017, así fue como descubrí que la firmeza del espíritu, así como la felicidad, es una decisión debe ser tomada. UTMX me dejó un mensaje de humildad, de sencillez, de garra y de esperanza. Cruzar esa meta me reafirmó que soy capaz de grandes cosas, y que no hay sueño inalcanzable, para un soñador determinado.

-Rosario Ramirez Gutiérrez

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