Siempre me consideré una apasionada del deporte porque desde pequeña estuve metida en algún tipo de actividad física: primero gimnasia olímpica y después, por muchos años, básquetbol; tuve muchas lesiones y aún así, seguía jugando. Dedos rotos y yo seguía jugando; un hombro dislocado, me lo acomodaba en ese momento, y ¡a seguir jugando!. Al día siguiente el dolor era insoportable porque el músculo ya estaba frío pero aún así, ¡a seguir jugando!.

Los domingos no entrenábamos, así que terminé por instalar una canasta en la cochera de mi casa y, ¿adivinen?, a seguir jugando. Sólo una operación de emergencia de mi hombro dislocado, el cual ya no resistía ni un estornudo más debido a que el músculo estaba ya muy atrofiado y ya no era capaz de sostener el hueso en su lugar, me pudo parar de jugar básquetbol.

La rehabilitación fue muy larga y muy dolorosa. Pero tuve la fortuna de tener a mi lado a una gran profesional de la rehabilitación, así que después de una larga terapia y mi pasión por el deporte, regresé a ejercitarme. Traté muchas y muy variadas disciplinas: aquafit, Pilates, yoga, kick boxing, natación, spinning, de todo un poco prácticamente a diario durante varios años. Un embarazo, el primero, de alto riesgo, y seguía haciendo deporte; un segundo embarazo, éste muy saludable, y el deporte seguía siendo parte de mi vida, hasta el día anterior de que naciera mi segundo bebé, pues con ella y la felicidad de tenerla entre mis brazos, también llegaron los problemas post-parto; fue ahí que también empezaron, creo que por primera vez en mi vida, las excusas. Estaba cansada por los dos hijos, el trabajo, la casa, el marido, cambio de residencia que implicó dejar mi país, ahora vivo en Canadá, depresión por dejar a mis padres en Guadalajara, hermanos y otros familiares, mis amigos, mi país, mi gimnasio, mi trabajo; excusas sobraban, paso un año de mi nueva vida, y las excusas no paraban.

Una noche, tratando de salir de la tristeza que me envolvía, pensé  que lo único que me sacaría nuevamente adelante sería hacer deporte otra vez. Lo intenté y mi primer paso fue registrarme en un gimnasio; hacia elíptica todos los días, me iba en bicicleta, pero al cabo de algunos días, siguieron las excusas: “sigo cansada, sigo deprimida”, me decía, “ésto no me está ayudando, ¿qué punto tiene?” pensaba. Y entonces decidí parar, al fin y al cabo, nada había cambiado.

Todos los días de camino al supermercado pasaba por el “Running Room”, una tienda que se especializa en todo lo que un corredor puede necesitar y te brinda clínicas donde puedes, desde aprender a correr (porque después de vivirlo, puedo decir que como todo, tiene su ciencia), hasta prepararte para participar en un maratón. Un día pasando por ahí, decidí darme el tiempo y parar en el establecimiento. “¿Quién sabe?”, pensé, “quizás correr sí me daría una razón para seguir haciendo deporte”, me dije antes de finalmente decidirme a abrir la puerta. Me ilusioné, me involucré más en el blog de mi comadre, quien es una corredora apasionada, pero con todo y eso, no me decidía a empezar, seguían las excusas.

En enero llegó mi cumpleaños y junto con mi pastel y buenos deseos de personitas que me quieren mucho, llegó una tarjeta de regalo con efectivo suficiente para inscribirme en una clínica para aprender a correr y adquirir los básicos para comenzar con mi etapa de corredora, pero… las excusas siguieron: “sigo deprimida, no tengo energía, este país es muy frío, no me veo saliendo a correr con temperaturas que se miden en grados bajo cero”; así que decidí esperar a que llegara la primavera.

La primavera llegó y aunque me hubiera gustado que junto con la nieve, las excusas se hubieran derretido para dar paso al sol y la naturaleza que vuelve a renacer, las excusas seguían en mi cabeza. Entré a trabajar y ahora estaba cansada por el trabajo. Llegó el verano y las excusas siguieron pero ahora porque este país es extremadamente caliente y temía que me diera un golpe de calor. Llegó el otoño y por curiosidad y quizás un poco de casualidad, paré en la tienda aquella de “Running Room” para ver cómo me sentía una vez ahí y pedir informes. “Inténtalo”, me dijeron. “El próximo lunes comenzamos la clínica. Únete al grupo y si no te gusta, no te inscribes”, insistieron. Lo pensé un poco, no era mala idea y al final no tenía nada que perder, así que me decidí a intentarlo. Me registré, tomé los datos y los requerimientos básicos y me marché a casa haciéndome a la idea mientras conducía de regreso.

El tiempo continuó implacable y finalmente que llegó el lunes 27 de Octubre. Curiosamente justo ese día, la madre naturaleza se hizo presente una porción del huracán Sandy se dejó sentir en la ciudad en la que vivo. Recuerdo haber pensado: “esta vez no fui yo la de las excusas; es mi destino. No debo empezar a correr”. Pero mi mayor sorpresa vino después. Las instructoras y el resto de los participantes estaban listos. Y estando ahí con mi cabeza llena de dudas, una de las coaches se acercó, me miró y me dijo: “hoy tienes una oportunidad única en tus manos. Si empiezas hoy, que es un día lleno de retos por el viento helado de hasta 150 kilómetros por hora, y lo logras, te vas a dar cuenta que ni un huracán te va a hacer desistir de tus metas. Ni un huracán te puede parar”.

Sin más, acepté el reto. Empezaríamos 1×1, sólo por 30 minutos, no sonaba difícil; me gustó, pero debo aceptar que no me fascinó. El siguiente entrenamiento era el domingo a las 8 de la mañana.  “Qué horror”, pensé: domingo y tan temprano era prácticamente una de mis peores pesadillas hechas realidad. A estas alturas imagino que sobra la aclaración de que odio levantarme temprano, ¿cierto?


Pero aún así me decidí y acepté ir a mi clínica un día más con la firme intención de disfrutarlo un poco más esta vez. Al final de la segunda sesión me encontré más satisfecha y contenta con lo que había logrado; pasaron las semanas, y debo confesarlo, seguía sintiéndome bien por seguir corriendo, aunque, debo decirlo también, era por el sólo hecho de salir a hacer algo de deporte.

El tiempo siguió su paso junto con la preparación y finalmente llegó el tiempo de probarnos con la invitación a la primera carrera: tenía en mis manos la oportunidad de inscribirme a una carrera de 2.5k o una de 5k, y pensé, “sólo llevo corriendo cinco semanas; no podré hacer 5k; creo que es mejor empezar con poco y hacer la de 2.5k”. Al final, mi espíritu de reto pudo más y me inscribí a la de 5k.

Ahora que lo pienso, me parece increíble cómo pasé de ver el correr, como la oportunidad de hacer un deporte, a una motivación que te pide cada vez más. Ya quería que fuera domingo a las 8 de la mañana otra vez para poder salir a entrenar. Quería llegar a correr esa carrera de 5k como parte de una tradición en mi carrera: cada año, el 1ero de enero. Es en un momento así donde pude definir y entender el verdadero significado de la palabra pasión, pues empecé a enamorarme de ese sentimiento de querer despertar y estar ilusionada todo el día pensando en el momento de mi siguiente entrenamiento, de mi oportunidad de llegar a la meta.

Empezaron los días de nieve y no hubo excusas; empezaron las temperaturas bajo cero y tampoco hubieron excusas; en lo único que pensaba era en seguir entrenando para poder llegar a esa carrera y cruzar la meta. Mis amigos me preguntaban la noche de año nuevo, porqué quería correr una carrera el 1 de Enero: desvelada y con frío (el pronóstico era de un día soleado con -10 grados centígrados) en vez de aprovechar el día para descansar y ver películas todo el día. “¿El premio es tan valioso?”, preguntaban.

La respuesta estaba bien clara en mi cabeza: “El premio es insuperable. El sentimiento de cruzar la meta, saber que fui capaz de superar mi propia marca, que algo que dudaba en poder lograr es alcanzable, es muy difícil de describir pero bien vale la pena; es una alegría y un orgullo únicos. Jamás lo imaginé. Durante la carrera iba pensando en cómo empezaba a disfrutar este reto, pero al cruzar la meta, todo lo que leía en los blogs empezó a hacer sentido: el correr por una meta personal y no por ganar, correr para demostrarte que tú puedes hacerlo por tí solo, y que lo que logres te dará nuevas pautas y referencias para nuevos retos.

Ahora sí puedo decir que encontré la definición de la palabra pasión, pues para mi ninguna de las disciplinas que practiqué anteriormente me dio esa sensación, esas ganas, ese sentimiento de siempre seguir adelante. Apenas cruzar una meta y querer empezar al día siguiente a entrenar para la siguiente carrera: volver a sentirme tan orgullosa de mi misma.

Al terminar la carrera, pensé que esto podría ser sólo 5K para muchos, pero para mí fue la mejor forma de empezar el 2013. Me siento feliz de ser corredora y no puedo esperar a lograr correr mis primeros 10k.