El otro día, mi papá al verme agotada y con dificultad para caminar tras un entrenamiento, me preguntó que cuál era la necesidad de un maratón. No supe qué contestarle porque en ese momento creo que yo misma pensaba lo mismo que él: “¿qué necesidad?”.

Pero hoy y después de concluir mi 5to maratón en Boston hace poco, el maratón más deseado, el más difícil que he hecho, tengo claro el porqué.

Y es que para mi el maratón no es una distancia, es una forma de entender la vida, de conectar con mi interior, con los sentimientos más nobles del ser humano. Ahí conoces la energía positiva, esa que dice que somos más los que queremos el bien, que todo lo que te propongas lo puedes lograr. Que cuando tus demonios aparecen y las cosas se ponen difíciles, siempre habrá alguien que te impulse a seguir.

Este maratón fue muy especial por todo lo que implicaba, llevaba la mejor preparación que pude tener. Me dediqué a entrenar muy fuerte porque tenía la intención de dedicárselo a mi sobrino que estaba venciendo al cáncer.

Y así como pasa en la vida misma cuando uno tiene planes y de pronto, las circunstancias cambian, el día del maratón fue el más caluroso, sin una nube prácticamente en todo el recorrido. El sol ardía, no había agua que me alcanzara para enfriar mi cuerpo. Mis pasos se tornaban cada vez más lentos conforme la distancia avanzaba, ahí me di cuenta que la deshidratación había aparecido.

Para el km 27 ya venía cansada y aún no llegaba a la temida “Heart break Hill (ahora entiendo porqué el nombre) porque fue justo ahí que el corazón se me rompió y caí en llanto, ese que te cierra la garganta y no te deja respirar. Conecté cómo nunca con el dolor, el sufrimiento, sentía náuseas, pude comprender un poco lo que Ro debió sentir en las quimios y pensaba en que él nunca se dejó vencer, y yo tenía que hacer lo mismo, pelearlo hasta el final.

Ahí entendí que este maratón, que desde un principio iba dedicado a él, lo tenía que vivir así, a través del sufrimiento. Mire al cielo y agradecí, pese a lo que estaba sintiendo porque por mi mente pasaban los buenos momentos de entrenamiento en los que me sentía fuerte, en el que me acompañaba Claudio y mis amigas, en lo mucho que disfruto correr.

Y entendí que el maratón de Boston no sólo era ese día, que lo empecé a correr desde que tuve la intención de calificar, el día que grité de emoción cuando me aceptaron, lo corrí km a km cada día que di mi 100% en los entrenamientos, cuando rompí una nueva marca, cuándo algún compañero de equipo me ayudó a terminar una sesión, cuándo mi entrenador me decía: “¡traes todo!”.

De pronto, en el km 37 empecé a recuperarme y mis piernas comenzaron a recobrar un poco el paso. Me puse feliz porque esta medalla me la había ganado más que ninguna otra, porque se la había dedicado a Rodrigo y me había costado sangre. Y es que cuándo algo trae una intención más allá que tú y cuesta, ¡se disfruta mucho más! Hoy sé que corro el maratón como una metáfora de vida.

Angélica Soria