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Cualquier corredor que se precie de tomar mínimamente en serio la idea de participar en la prueba reina del atletismo, debería plantearse esta pregunta por lo menos tres veces y estar completamente convencido de la respuesta antes de, siquiera, pensar en comprar la inscripción.

En mi caso, me la hice hace varios meses, cuando en una plática casual un par de amigas sugirieron “¿Y si vamos a Torreón?”. No sé si ellas lo habrán notado, pero la sola idea me cayó como balde de agua helada y me paralizó por un momento. Por un lado, se me presentaba la oportunidad de “graduarme” en uno de los maratones con mayor tradición del país y del que había escuchado maravillas; además, sabía que al estar involucradas varias integrantes de nuestro círculo de amistades, nuestro clan, no faltaría motivación.

Suelo ser corredora solitaria o apoyarme en mi esposo, pero estaba segura de que, en caso de necesitarlo, habría apoyo moral de sobra o compañía en esos entrenamientos en los que, simplemente, una no quiere estar sola.

Por otro lado, sin embargo, me asaltaron decenas de dudas. Desde que hice mi primera carrera tuve en mente la idea de prepararme para un maratón, pero me había planteado el objetivo de hacerlo hasta que mis tiempos en 10k disminuyeran considerablemente y es algo con lo que aún no estoy satisfecha. Además, mi largo historial de lesiones no me permitía tener la seguridad de llegar sana y salva, por lo menos, al final del entrenamiento. En fin, a pesar de todo, en ese momento me ganó el entusiasmo y dije ¡va!

Pero la idea siguió rondando en mi cabeza por días y días. No me sentía segura de nada, pero cómo iba a decirle a mis amigas “que dice mi mamá que siempre no”. Con el tiempo empecé a pensar en varias cuestiones personales que me llevaron a darme cuenta de que sí era el momento, es más, era ahora o quizás nunca. Así que por enésima vez me hice la pregunta y esta vez la respuesta fue un contundente SÍ; por fin estaba convencida.
Con esa decisión comenzó el proyecto. Opté por hacer el plan de entrenamiento que proporcionan los organizadores del evento; venía dividido en dos categorías: principiantes e intermedios. Claro, aferrada (o inconsciente) como soy, quise hacer el de intermedios, a pesar de que aún no me recuperaba por completo de una bursitis de cadera que me había dejado fuera de circulación por tres meses. Resultado: inflamación de la banda iliotibial en la segunda semana del plan. Afortunadamente, mi deseo de hacer bien las cosas me llevó a suspender inmediatamente el entrenamiento y acudir con un fisioterapeuta, por lo que en dos semanas pude volver. Pero ya era imposible retomar el plan, además me di cuenta de que éste en particular no era el apropiado para mí. Con la firme convicción de querer ser maratonista, decidí aplicar la máxima: “Si el plan no funciona cambia el plan, pero no cambies la meta”.

Tenía el plan de entrenamiento que mi esposo había realizado para el MICM 2013, en el que no le fue como había esperado y, por lo tanto, me pidió que hiciéramos (decidimos recorrer juntos este camino) otro, porque ese “no funcionaba”. Para mí era un buen plan: constaba de 13 semanas y abarcaba puntos que no encontré en otros, así que lo tomé como un reto y le dije a mi marido: “te voy a demostrar que no fue el plan lo que falló” (él había sido algo inconstante con los entrenamientos y era algo que yo no pensaba hacer, ni permitir que a él le pasara nuevamente).

Casual o causalmente el plan comenzaba en el aniversario del día más triste de mi vida; a pesar de lo incrédula que he sido siempre, decidí tomarlo como una señal. Y así, en lugar de quedarme en casa recordando, lamentándome, salí a hacer el primero de 91 entrenamientos que cada vez se fueron haciendo más exigentes.
Y en el camino aparecieron muchas situaciones que pudieron haberse convertido en excusas perfectas para no entrenar. De ahí la importancia de plantearse la misma pregunta una y otra vez y, sobre todo, de estar convencido de la repuesta. Porque esa convicción será lo único que ayudará a librar todos esos “obstáculos” que se atravesarán entre uno y la meta.

A mí se me atravesaron las fiestas navideñas y me encontré en pleno 25 de diciembre, desvelada y cansada, haciendo cuestas en un puente vehicular cercano a la casa. Se atravesó mi cumpleaños, pero el calendario del plan marcaba repeticiones ese día, así que el festejo fue en el tartán y mi regalo 6 x 400 y 4 x 800. Se atravesó el bautizo del hijo de mi mejor amiga, en una ciudad a más de 180 kilómetros de donde vivimos, un día antes de la distancia más importante del plan; no podía faltar, así que mi esposo y yo viajamos durante tres horas de ida y tres de regreso para estar otras cuatro en el festejo, además nos la pasamos saliendo a comprar botellas de agua, porque había que estar bien hidratados. De la comida ni hablar, había que moderarse para no sentirnos pesados al día siguiente.

A la mitad del plan, justo cuando se vuelve mas difícil y el cansancio comienza a acumularse, se me ocurrió la grandiosa idea de participar en dos carreras de montaña, a manera de entrenamiento. Una de ellas, la más corta, por cierto, resultó tan demandante que mucha gente terminó haciendo tiempos cercanos a sus récords de maratón y hubo comentarios que aseguraban que el esfuerzo había sido parecido o mayor. Al día siguiente, todos hablaban de lo adoloridos que estaban y, por supuesto, yo no era la excepción, me sentía como robot, pero mientras los demás se tomaron varios días de descanso, yo tenía que seguir el plan. Recuerdo que el martes de esa semana, platicando con un amigo que también había asistido a la carrera, le dije que tenía que ir a entrenar y me preguntó: “¿En serio, no estás adolorida?”; la respuesta fue: “claro que sí, pero hoy tocan cambios de ritmo”. Lo que él me contestó fue mucho mejor, pero me lo guardo como una de las frases que más me motivaron en todo el proceso.

Podría escribir muchas anécdotas más que demostraran la disciplina que, sin falsa modestia, me siento orgullosa de haber tenido, pero mi mejor medidor fue mi mamá. Ella no sabe mucho de ésto, ni tampoco le interesa, de hecho, durante mis peores etapas de lesiones me pidió muchas veces que dejara de correr, “te vas a quedar coja”, decía. Al principio del plan, que desde entonces incluía sólo un día de descanso a la semana (si bien me iba) cuando ella me veía poniéndome los tenis me preguntaba: “¿otra vez vas a ir a correr?”. Ya al final, cuando el bendito tappering me regaló hasta dos días de descanso, la pregunta era “¿hoy no vas a correr?”. Ahí supe que lo había hecho bien.

El día de la carrera me dispuse a disfrutar, sabía que esa medalla ya me la había ganado y recorrería esos 42.195 km sólo para recogerla. Sí, me gané esa medalla desde que corrí mi primer kilómetro y decidí dar más. Cuando dije por primera vez “algún día correré un maratón” y ya nada pudo sacar esa idea de mi mente. Me la gané con cada lesión que vencí sin plantearme siquiera la opción de dejar de correr. La gané en los más de 600 km que acumulé durante el plan. En cada sesión que terminé a las 9, 10, 11 de la noche, para poder hacerla con mi partner. En las que iniciaban los domingos al amanecer o terminaban a medio día, con el sol a plomo. En aquella última repetición de milla que acabé casi vomitando por el esfuerzo. Cada vez que pensé que no podía más y saqué la fuerza para no dejar inconcluso ningún entrenamiento.

Así que con el disparo de salida dejé atrás los nervios y la inseguridad, gocé cada metro de la ruta. Fue un carrera sin sufrimiento, sin muro, sin ganas de abandonar, sólo con algo de dolor, el necesario para recordar por qué no cualquiera lo hace. Fueron 4 horas, 9 minutos y 22 segundos de pura satisfacción. ¿Que si estoy contenta con mi tiempo? La verdad es que no, me hubiera encantado ser sub-4, pero hasta cierto punto me alegra que no haya sido así de sencillo, porque eso mantiene el reto.

Si por tu mente ha pasado ya la idea de hacer un maratón, debes encontrar la convicción para derribar tus propios obstáculos. Seguramente tú también tendrás cientos de compromisos sociales que cancelarás para entrenar; entrenarás con frío, con calor, con lluvia. Tendrás que correr hasta quedar exhausto… y después seguir corriendo. De alguna manera te obligarás a vencer el “para qué” al que te enfrentarás cada vez que las cosas se pongan difíciles. Deberás cuidar tu alimentación para no ser, como hace poco escuché, un “gordito con condición”. No tendrás derecho a enfermarte, una gripa o una infección son tus peores enemigos en ese momento. Si tienes hijos, tendrás que convencerlos y, ante todo, convencerte a ti mismo de que lo que haces vale suficientemente la pena como para restarles tiempo de convivencia. Como mujer, deberás entrenar aún en tus días “difíciles”, con cólicos y con toda la incomodidad que eso conlleva. Incluso tendrás que olvidarte por un tiempo de los vestidos o las faldas cortas, pues tendrás marcadas líneas de bronceado por todas partes: en el tobillo por las calcetas, en la pantorrilla por las mallas capri, a la altura de las rodillas por las mallas cortas, en los muslos por los shorts, en el cuello y los brazos por la camiseta y, por supuesto, en la muñeca por el reloj; total, que parecerás perro dálmata.

Tampoco se trata de exagerar y hacer parecer que el maratón es una hazaña irrealizable o sólo apta para superdotados, pero si, según las estadísticas, únicamente el 1% de la población mundial ha hecho o hará un maratón, debe haber una buena razón. Y es que se necesita mucha determinación para hacer algo que te cansará, te dolerá, te costará tiempo, dinero y esfuerzo para sólo redituarte SATISFACCIÓN (mucha, eso sí).
Creo que a estas alturas sobra decir que si ya decidiste que de verdad quieres ser maratonista, el camino que te espera no será fácil, pero te aseguro que después de cruzar esa meta sabiendo que diste lo mejor de ti, todo, ABSOLUTAMENTE TODO, habrá valido la pena.