Sí, corrí mi primer maratón, el de la Ciudad de México 2017. Aún no lo creo, lo estoy asimilando y me siento otra, una mujer más fuerte y capaz de superar sus límites tanto físicos como mentales porque ¡ah, como pesan estos últimos!, me han pesado mucho tiempo pero, ahora levanto la cara orgullosa de mi, de haberlo hecho, de no rendirme a pesar de que mis piernas me decían: ¡Ya no más!

Lo corrí sin importar mi condición (tal vez un poco arriesgado pero, he aprendido en esta vida que hay que arriesgar para obtener lo que quieres), ya que a principios del 2017 me diagnosticaron artritis reumatoide a mis 37 años, jamás por mi cabeza pasó tener esa enfermedad (creo que nadie pensamos que podamos estar enfermos). Me preguntaba ¿por qué si no tengo 60 años? ¿por qué si hago ejercicio?, y otras tantas preguntas más. Además de eso, vino a mi mente ¡ya no podrás correr!, ¡no podrás cumplir el sueño de correr el Maratón de la Ciudad de México! La inscripción ya la tenía desde antes de saber la noticia, este era el año perfecto para cumplir con esa meta, con el sueño de decir ¡soy maratonista!.

En 2016 también estaba inscrita, sin embargo, las cuestiones personales, el poco tiempo para entrenar pero, sobre todo, el desánimo de no creer en mi misma hicieron que perdiera la oportunidad de cumplirlo. Y ahora, se vería frustrado otra vez, tenía que cuidarme bien ya que esta enfermedad afecta a las articulaciones si no hay un tratamiento oportuno, afortunadamente me la diagnosticaron cuando todavía no había secuelas, aunque no podía decir que estaba librada de ella con el tratamiento médico, ya que éste debía ser el oportuno para tratar mi tipo de artritis que es bastante agresivo.

Acudí con médicos del ámbito privado y público y mi pregunta siempre fue: “¿Puedo seguir corriendo?”. Como todo en la vida, las posturas y opiniones de los médicos van a diferir, uno me dijo: “no, no puedes hacer ejercicio, tus articulaciones están inflamadas y puedes ocasionar un problema mayor”, eso me dejó consternada y muy triste, todo se vino abajo, seguiría otro año sin poder cumplir mi sueño y pensé que jamás podría lograrlo. No me quedé así sin hacer nada, busqué información, acudí con un médico privado, parecía que el panorama cambiaría, la pregunta fue la misma: “¿puedo correr?”. El médico dijo: “si, mientras no sientas dolor puedes correr algunos kilómetros”. Incluso, supe que hoy, quienes padecemos esta enfermedad debemos, en nuestras posibilidades, hacer ejercicio para ayudar a nuestras articulaciones. Nunca le dije al doctor que mi meta era el maratón sabría que que me diría que era demasiado para mi condición y decidí asumir las consecuencias. Mi ánimo cambió, me volví a ilusionar, volví a creer que podría hacerlo, busqué opciones de entrenamiento, entrenadores y grupos de corredores con los que pudiera participar, sin embargo, los horarios del trabajo siempre han sido un tope pero, no me rendí busqué los momentos para entrenar yo sola. El parque de Viveros fue mi espacio de entrenamiento siempre a la hora de comida, también lo hice saliendo del trabajo, corriendo sobre todo Insurgentes o en las mañanas que podía. Llegaba súper temprano al trabajo para irme a Viveros y regresar con toda la pila para empezar el día, en las noches llegando del trabajo dejaba a mi hija lista casi para dormir y salía a la calle cerca de la casa a correr y también los fines de semana iba al Autódromo y Reforma.

El medicamento me ayudó mucho, ya casi no sentía dolor en mis hombros y manos (principales afectados por la enfermedad), estaba haciendo su cometido, yo entrenaba sin pensar que estaba enferma, siempre lo di todo en los entrenamientos, no me limitaba por temor a sentir dolor, en todo ese tiempo me olvidé de la enfermedad.

En el camino me encontré a una persona que me dijo que debía prepararme con mucho más tiempo para correrlo y no lesionarme, pensé en la enfermedad, en lo que podría hacerle a mi cuerpo si no me preparaba bien ya que tenía toda la razón. Decidí otra vez más postergar lo que tanto anhelaba y correr solo el medio maratón, me preparé y así lo hice aunque hubo muchos instantes en los que yo misma me limitaba y me sentía incapaz de mejorar, el cansancio que ocasiona la enfermedad también me detenía o yo, tal vez fue quien se la puso.

Llegó el día de la entrega de paquetes para el maratón, no me sentía preparada para hacerlo, ni con los ánimos necesarios para enfrentar esa gran prueba, días previos había tenido dolor nuevamente en los hombros y en las manos, sentía cansancio pero, siempre hay algo que pasa que te impulsa y te cambia con un giro de 360 ° la perspectiva y sí, así pasó, le dije a un amigo que correría solo 21k, él me dijo: “Vas a terminarlo, tienes las bases y el corazón para hacerlo”. Esa chispita me motivó desde el viernes previo al maratón a correrlo, así que decidí levantarme temprano el domingo y darlo todo, ni mi pareja, familia y amigos supieron que lo haría.

Me pasaron muchos sentimientos durante los 42.195 km. Lloré, me emocioné, grité, estuve a punto de rendirme en el kilómetro 35 pero, seguí sin pensar en las consecuencias por la enfermedad, solo en sentir la satisfacción de cruzar esa meta con las manos en alto y dando gracias a Dios por permitirme estar ahí. Fue una experiencia indescriptible, estoy entera, sin duda, volveré a correrlo el siguiente año.

Ni el dolor ni la enfermedad me limitaron, ahora sé con claridad que los límites nos los ponemos nosotras mismas, también sé que la artritis reumatoide estará conmigo siempre pero que jamás será una barrera para correr otro maratón, tal vez no con los mejores tiempos pero sí con toda la energía y corazón puestos en cada entrenamiento.

Quiero seguir mostrando a mi hija que si nos preparamos y creemos en nuestras fortalezas podemos alcanzar lo que anhelamos, que tal vez sintamos miedo pero debemos enfrentarlo y que la única limitación será siempre no tener la actitud para intentar una y otra vez, porque al final lograremos cumplir nuestros sueños.

Kary González