Soy Marcela Portales ¡Se llegó la fecha! 27 de agosto. 8 meses atrás, sin imaginar todavía que estaría de vuelta en México, decidí correr un maratón en mi tierra y ¡Ciudad de México era la opción!

El ritual empezó desde el viaje, la llegada a la expo, la música, la energía de miles de personas que en menos de 24 horas compartirían un mismo objetivo. Rápidamente llegó la noche y el ritual continuó con la preparación de la ropa, todo lo necesario para la mañana siguiente, despertador a las 4:40 am y desconexión total para dormir tempranito.

Fue un maratón totalmente emotivo. Para mí, esa es la palabra que mejor lo define. En el camino a la línea de salida, la torre Latinomericana nos saludaba proyectando la bandera de México y la emoción empezaba a aparecer. El nudo en la garganta se hizo más grande en el momento que pisamos la plancha del Zócalo, todavía de madrugada, con muy poca luz, viendo la bandera ondear y la catedral iluminada.

Estaba allí, al lado de 40 mil almas, compartiendo historias de vida, retos, propósitos diversos; a punto de iniciar el recorrido por las calles de esta bellísima ciudad. La aventura comenzó con la salida de los participantes en sillas de ruedas, luego los débiles visuales, las categorías elite femenil y varonil.

Después, empezamos con el resto de los bloques de salida. Escuchar el Himno Nacional Mexicano interpretado por la Orquesta Filarmónica mientras amanecía, es una experiencia que se queda grabada en mi memoria y en mi corazón. Por supuesto que las lagrimitas se asomaron y la piel se me erizó aún más porque al Himno Nacional le siguió el Cielito Lindo, (que por más que intentaba cantarlo, terminaba fallándole a la letra, la emoción hacía de las suyas y me daba más por llorar).

Llegó la hora de salida de nuestro bloque y el Zócalo nos recibió lleno de familias aplaudiendo y animando. Frases que iban desde “Nos vemos en CU” pasando por “Chíngale, chíngale” y “Córrele chango” hasta llegar a “Si quieres saber lo que se siente estar vivo, corre un maratón”. Primeros metros y llegábamos al imponente Palacio de Bellas Artes. A partir de allí, todo fue disfrutar: las calles, la música, los colores. No hubo tramos en donde no hubiera gente animando. Nunca estuvimos solos durante esos 42.195 kms.

Respiré y abrí bien todos los sentidos para vivir al 100% esta experiencia, escuché muchos “te amo” en el camino saliendo de los labios de mamás, papás, parejas, hijos, hijas, nietos y nietas que estaban allí para darle ánimo a sus familiares. Fui testigo de la emoción y la euforia de quienes veían venir a quien estaban esperando y saltaban de alegría gritando: “ahí viene, ahí viene” y abrazaban y besaban por unos segundos a su corredor o corredora en el trayecto. Miré cientos de historias escritas en playeras como los que corrían por alguna causa, quienes dedicaban la carrera, quienes miraban al cielo sabiendo que un ángel desde allá les cuidaba y les daba fuerzas para continuar hasta llegar a la meta.

Reforma nos regaló hermosas vistas del Angel de la Independencia y la Diana cazadora; más sorpresas y emociones durante el trayecto con banda de rock en Polanco, más adelante, justo frente al museo Soumaya, guerreros águila y serpiente, sonidos de caracol, olor a copal, recordándonos de dónde venimos…es difícil describir la sensación pero había una energía especial que al menos a mí me erizó de nuevo la piel.

Seguí la ruta disfrutando de la ciudad, de la gente, de los niños gritando: “ya mero, ya falta menos”, “sí se puede, ya vas a llegar”, de los que escuchaban a los papás diciéndoles que los que estaban corriendo eran héroes, campeones y ellos emocionados extendían sus manitas para chocarlas con los miles de locos que invadimos las calles.

Después llegamos a Insurgentes, la parte más pesada por tratarse de los últimos kilómetros del maratón pero también la más concurrida, la que recarga el combustible de energía (física y anímicamente) gracias a miles de personas cuyo único propósito era apoyarnos y hacernos la última parte del trayecto más llevadera. Aquí no tenías de qué preocuparte  si tus reservas de comida se habían acabado porque tenías a la mano no sólo agua, sino frutos secos, gomitas, chocolates, sándwiches, naranjas, Coca Cola, crema de avellana, miel, sandía, naranja, plátanos, pizza, pretzels, agua mineral, hielos, pañuelos desechables, barritas energéticas, amaranto, vaselina para las rozaduras y por supuesto ¡cerveza!

Familias enteras que salieron a dar el corazón, a entregar todo lo que estaba en sus manos para ayudar a aliviar el hambre, la sed y en momentos hasta el dolor que ya se asoma después del kilómetro 33, sin recibir nada a cambio más que un sincero agradecimiento y una sonrisa por el “subidón” de energía que nos regalan.

Todo Insurgentes era una completa fiesta, una banda de tambores y vientos tocando: “We will rock you”, más adelante otro contingente con un poquito de samba y ya no quedaba nada para llegar a CU.

Finalmente llegó el kilómetro 40 y ya se escuchaba por todas partes los “Ya no falta nada”, “Ya estás allí” “Ya estás en CU”. No se puede describir con palabras la emoción de ver el Estadio Olímpico cada ves más cerquita. Solo puedo decir que esos últimos kilómetros en los que las piernas ya reclaman descanso, lo que nos impulsa es verdaderamente el corazón y la emoción de escuchar desde unos metros antes de entrar al túnel del estadio, los gritos con los que todos los maratonistas celebran que estamos llegando al kilómetro 42 y que al salir del túnel ya se puede ver la meta.

Me gusta correr maratones y creo que llegué a la conclusión de que no sólo por el reto físico, sino la preparación y la disciplina que implica y todo lo que la prueba me enseña sobre mi misma, mis límites, mis miedos y en especial, sobre lo poderosa que es la mente.

Gracias como siempre a todos los que desde lejos, estuvieron allí acompañándome en cada paso, a quienes me guiaron, aconsejaron y acompañaron durante mis entrenamientos. Gracias a quienes estuvieron cerca para llenarme de energía después de cruzar la meta, recibiéndome en CU para devolverme el alma con un abrazo.

Felicidades a mis amigos y amigas con quienes tuve la fortuna de compartir el recorrido, algunos ya con varios maratones en su haber, otros viviendo la experiencia por primera vez  y entregando el corazón al llegar a la meta.

Y a Vicente Atamorosente, gracias por compartir esta locura y por estar en mis pensamientos siempre recordándome:  “pisa debajo de ti, disfruta, ¡vuela!” Gracias por ser inspiración, pretexto, compañero y guía.

Quiero seguir corriendo maratones porque más allá del cansancio físico, me doy cuenta de cuánto me alimentan y me hacen crecer en fortaleza y determinación. Quiero seguir corriendo maratones porque esa sensación de cruzar la meta es mágica e inigualable, quiero seguir corriendo maratones porque representan una maravillosa oportunidad de recuperar la fe en el espíritu humano y en nuestra capacidad para dar.

De este maratón, además de tantas experiencias, aprendizajes, emociones y momentos entrañables, me quedo con una de las tantas frases que leí en el camino: “Correr es un deporte que te permite tocar el cielo mientras tienes los pies en la tierra”.

¡Sigamos tocando el cielo mientras estamos de paso en esta tierra!