1625594_247120982133314_1254996862_n1

Con el paso del tiempo, entrenar en grupo se volvió imposible. Yo empecé corriendo sola así que hacerlo acompañada me encantó y sobre todo, amé esa solidaridad tan cercana que provoca ir en “bola” corriendo. Sin embargo, siempre tuve claro que si de pronto la vida me llevaba a disfrutar de mi soledad, no me opondría, solo tendría que conectar el chip de aquellas épocas donde no había pláticas en voz alta y llegaba igual de contenta a casa. Pero el último año la vida me ha cambiado los tiempos y ya no pude adaptarme a los horarios de un grupo. Así que como yo amo correr, opté por hacerlo otra vez sola. Y esto fue lo que aprendí.

1. Organización de tiempos. A las 5:00 am hay que despertar para correr (mi horario ideal). Una banda, el parque o la calle. Y si no, ¡a la hora que se pueda! Siempre cargo con mi mochila que lleva un par de tenis y outfit runner, ahora es mi compañera en mi día a día. A veces coincide con mi labor de mamá e involucro a mi hija en mi actividad, corremos 500m juntas y después ella se va a jugar. Me hace tan feliz sentarnos a platicar después de correr mientras ella bebe su jugo y yo mi pinole con chía.

2. Conectar mis ideas y enfocarme en mis objetivos. Una vez que escogí mi entrenamiento (con asesoría de un coach a distancia) y después de tanto tiempo corriendo, el lado emocional se vuelve parte del mismo. Ya superé esa parte de necesitar un coach que me motive, que se convierta hasta en mi psicólogo. Entrenar sola me hace crecer mentalmente, yo misma debo resolver mis inseguridades y miedos a los tiempos, a las lesiones, a no llegar al objetivo. Me conecto con el presente, con mi realidad. El entrenamiento lo debo cumplir, tengo claro que no hay resultados sin esfuerzo pero ya no me torturo. La magia de correr es que te centra en lo que eres, en lo que te hace feliz. Cada entrenamiento es una evolución emocional y mental y ya he aprendido muy bien las lecciones de vida. Todos los días existe la posibilidad de enfrentarme a algo nuevo y resolverlo.

3. Ser flexible. Hoy puedo entrenar aquí, mañana allá. Acompañando a un equipo, corriendo por una causa, con mi hermana, con amigos. La hora no importa, ya no me enoja si no lo puedo hacer cuando lo tenía planeado. No necesito llevar compañía para no sentir la pesadez de los kilómetros. No necesito distraerme de nada. Pasará lo que tenga que pasar y me dará igual lo negativo de los demás. Correr es una parte fundamental en mi vida, hace que no me enoje, me da claridad, produce milagros en mi entorno, soy más abierta.

4. Llevar un collage mental. Claro, no todo es felicidad, a veces el cansancio y la falta de glucosa en el tinaco (cerebro) me dejan exhausta pero siempre me sale una sonrisa cuando llamo a mi mapa mental y recuerdo todo lo que he vivido mientras corro. Me reconfortan mis logros y me hacen reír mis tarugadas, las veces que cedí el control de mis actos y tuve resultados que no quería. Si hay algo que me haya devuelto la vida, fue la curiosidad y esa no la cambio por nada.

5. Leer más. Me hice adicta a los libros de running. Ya lo era pero ahora soy una freak en ese tema. Intercambio opiniones y comparto títulos de libros con Rubén Romero, director de maratones y gran especialista en running. Volví a leer de filosofía, un tema que me apasiona.

Al final, todo suma y lo que más me ha gustado de entrenar sola, ha sido que he crecido mucho mentalmente. Esos 30 segundos más que incluyo a cada carrera cuando siento que no puedo seguir corriendo, han sido la perfecta combinación de la parte física con el cerebro, ese que luego me hace unas jugadas increíbles.

* Publicado el 31 de enero de 2014